Seis preguntas a propósito del COVID-19

26 de Mayo, 2020

La pandemia del coronavirus se ha expandido con una celeridad abrumadora, causando  diferentes impactos a nivel mundial. Sin embargo, reflexionar acerca de la multiplicidad de aspectos que la problemática involucra requiere tanto de una temporalidad diferente -acaso más lenta- como de cierta territorialidad desde donde ejercitar las reflexiones. Asumiendo tales limitaciones, este texto procura ser una invitación a pensar en lo que nos está sucediendo. Consideramos necesario realizar una serie de preguntas, sin agotar las posibilidades, en este momento ascendente de la pandemia en Argentina, cuyo epicentro está moviéndose hacia latinoamérica.

Además, cabe señalar que en tanto producción colectiva este texto intenta conjugar una diversidad de puntos de vista presentes en nuestro grupo de investigación.

1- La pandemia, ¿entre la salud y la economía?

La pandemia de COVID-19, causada por el coronavirus denominado SARS-CoV2, ha sido, por lo general, caracterizada en función de un juego de oposiciones o tensiones cruzadas que involucran la salud y la economía. Estas tensiones, así como sus modos de valorarlas, han moldeado en gran medida nuestras formas de comprender la problemática. Así, a la par que se ha sostenido que la salud es preferible a la enfermedad y que la economía activa o productiva es preferible a la producción nula, baja o desacelerada, se ha planteado la tensión que opone la salud a la economía, ambas valoradas positivamente.

Ahora bien, más allá de las aparentes obviedades que suponen las valoraciones mencionadas, resulta necesario detenernos a analizar qué nos permite ver y qué nos oculta la dicotomía planteada. Para ello, conviene comenzar reconociendo que el modo en que se configura cualquier problemática sugiere fuertemente sus respuestas o soluciones. Al mismo tiempo la dicotomía permite reconocer los intereses que están en juego.

Concebir el problema como una tensión salud/economía, con las concomitantes posibles soluciones preconfiguradas, es un aspecto compartido por todos los Estados. Si bien se pueden hallar diferencias entre las respuestas que cada uno de ellos ha dado (diferencias que responden a particularidades idiosincráticas, históricas y políticas, entre otras) en ningún caso parecen haber “escapado” a la configuración mencionada. Esta suerte de homogeneidad en la forma de configurar el problema habla de una condición globalizada, y a la vez de una asimetría entre lo global y lo regional.

Cabe preguntarse: ¿no podría cada región configurar el problema de un modo distinto? ¿O será que la pandemia no puede ser entendida de otra manera? Pensando en miradas alternativas, ¿no se podría configurar el problema de la pandemia a partir de tensiones diferentes como, por ejemplo, la tensión ciudad/pueblo? Lo interesante de estas alternativas es que ofrecen categorías de análisis y opciones de acción diferentes. El caso de una mirada centrada en la tensión ciudad/pueblo destacaría, entre otras cosas, que el modo de vida aglomerado en grandes ciudades propicia fuertemente la rápida expansión de cualquier virus. Al respecto, resulta ilustrativo considerar que entre los espacios más afectados por la pandemia de COVID-19 se encuentran grandes ciudades, tales como Milán (Italia), Madrid (España), Nueva York (Estados Unidos), San Pablo (Brasil) o nuestra Buenos Aires.

Configurar el problema de otras maneras habilita no sólo reflexiones distintas acerca de nuestro modo de estar en el territorio, sino también diferentes acciones frente a la pandemia. Esto no significa omitir que la configuración que opone economía y salud no se impone arbitrariamente. Impedir la producción de industrias no esenciales perjudica la acumulación de capital, el alma de este sistema social. Cuando se habla de economía por un lado, se está hablando de un interés sobre esa acumulación. Permitir la producción de industrias no esenciales, dejando que los trabajadores salgan masivamente en forma diaria en ciudades aglomeradas, implica una transmisión acelerada del virus y la imposibilidad de atender a esta población en el sistema de salud (el sistema público en el caso de Argentina). Si esta población es enviada a trabajar y se produce un desastre sanitario, tal como ocurre en otros países, una consecuencia esperable en el futuro es la rebelión social. Esto último también podría perjudicar la acumulación de capital, pero no en forma inmediata y tampoco en forma segura, considerando que quienes lo acumulan cuentan con herramientas represivas. En este sentido la dicotomía planteada puede entenderse como la sombra de una contradicción social más profunda, que atraviesa a todos los Estados del mundo.

2- ¿Qué nociones de salud y bienestar subyacen?

La causa próxima de las cientos de miles de muertes que están ocurriendo a nivel mundial es un virus frente al cual no hubo preparación, aunque sí diferentes tipos de advertencias. Las altas tasas de transmisión que se han reportado se tradujeron en la toma de decisiones rápidas por parte de los diferentes actores y gobiernos del mundo. A su vez, como se observa a diario, se trata de situaciones que exponen intereses de los más diversos. En todos los casos, dichas decisiones, no exentas de conflictos y contradicciones, son fundamentadas en nombre de la salud de las poblaciones. Este reconocimiento abre el interrogante acerca de qué se entiende por salud cuando se deciden cuestiones que afectan a toda la población, lo que sugiere algunas preguntas: ¿en nombre de qué salud se toman decisiones? ¿de qué manera se decide qué es saludable para tantas y tan variadas personas? ¿quiénes toman estas decisiones?

Al tratar los aspectos vinculados con la salud, nos enfrentamos con cuestiones que, a esta altura, hemos escuchado de manera reiterada. Lejos de identificar la pandemia con sus aspectos socioambientales, las preocupaciones han girado en torno a preguntas técnicas y de infraestructura: ¿cuántas camas tenemos? ¿cuántos respiradores? ¿qué posibilidades hay de ampliar esas cantidades? ¿cuántos testeos de detección podemos realizar? ¿cuántos podemos comprar? Así, diversas “capacidades” materiales, logísticas y administrativas de los diferentes países fueron resaltadas: China construyó un hospital en menos de dos semanas para la ocasión y Corea del Sur contuvo la expansión del virus con testeos masivos y big-data. El contexto pandémico ha permitido reforzar las preguntas sobre qué implica la salud y la enfermedad. ¿Nos habilitará a comprender la salud por fuera de lo biológico y lo individual? En un sistema en el que el modelo médico es el hegemónico, ¿este seguirá manteniéndose, transformándose o podremos hacer predominar un cuidado desde otras formas? Parece necesario seguir revalorizando que las relaciones entre las personas, el ambiente, la vida comunitaria, la salud mental, los afectos, el trabajo, el descanso no pueden quedar por fuera de ninguna noción aceptable de salud. 

Sin embargo, al ampliar el concepto de salud, se vuelve inevitable la disputa por su sentido, al visibilizar intereses y valores muy diversos. Hemos presenciado durante la pandemia ciertas formulaciones en torno a la noción de salud que creemos que es preciso cuestionar. Se destaca, por ejemplo, aquella que propone metáforas bélicas para el vínculo entre salud-enfermedad: el virus como un enemigo al que hay que combatir. La analogía, que pareciera asumir un simple carácter didáctico, tiene claras limitaciones y consecuencias. En ocasiones, el virus se asocia a un otro amenazante y peligroso. Esta idea encuentra eco en la denominación de Donald Trump del SARS-CoV2 como el “virus chino”. La metáfora de la guerra acompaña en este caso una guerra comercial en desarrollo entre EEUU y China que precede a la pandemia.

Pero lejos de ser apenas una ocurrencia norteamericana, se trata de una metáfora que ha permeado en nuestro país, traduciéndose en gestos de desprecio a los asiáticos en plena ciudad de Buenos Aires. También se pueden encontrar ejemplos en otras latitudes. En Hungría, el Primer Ministro ha relacionado el coronavirus con la inmigración ilegal, mientras que en Perú se movilizaron tropas hacia el límite con Ecuador para impedir ingresos de migrantes venezolanos. Sin dudas, las metáforas bélicas habilitan estos escenarios de xenofobia y odio hacia esos otros y otras de diferente nacionalidad o cultura. Asimismo, incluso cuando no existan tales corporeizaciones, cuando se trate simplemente de un “enemigo invisible”, la construcción de un riesgo en el comportamiento del otro también  habilita escenarios cuestionables. El problema, en este sentido, queda referido a decisiones personales y desconoce cómo estas se relacionan con aspectos estructurales y valorativos. Así, hemos visto en diferentes lugares y momentos numerosos maltratos entre vecinos, incluso hacia profesionales de la salud.

Pareciera entonces necesario recordarnos que el virus no es un ejército enemigo, tampoco quien lo porta, y que la metáfora bélica puede ser perniciosa por los escenarios que habilita. Si la metáfora oculta que el origen y la transmisión del virus se da por fenómenos que también son sociales y políticos, entonces resulta necesario ponerla en tela de juicio, problematizarla, analizar qué intereses favorece y qué cuestiones oculta.

En este sentido cabe considerar que el escenario en el que se encuentran los sistemas de salud pública, en particular el de Argentina, es de desfinanciamiento, deterioro de las condiciones de trabajo y desvalorización del diálogo en los espacios de atención y formación. La falta de insumos, de protección apropiada, la ausencia de infraestructura, y el olvido de la comunicación como parte esencial del trabajo en salud son consecuencias de políticas hacia la salud que datan de varias décadas. Este deterioro se ha vuelto uno de los grandes interrogantes en la presente pandemia. ¿Cómo funciona la metáfora de la lucha bélica contra el virus en el contexto de este sistema de salud devastado? Justifica que el personal de salud y los pacientes se desenvuelvan en un estado “de guerra”, incrementando, en algunos casos, aún más el trabajo sin insumos, sin infraestructura adecuada, sin descanso y tomando decisiones drásticas como elegir quién vive o muere. El sistema de salud argentino es presentado como “trinchera” aún antes de haber recibido una ola masiva de casos de coronavirus. Y, paradójicamente, deja a los usuarios del sistema “atrincherados” en sus casas, autoatendiendo sus necesidades hasta niveles de urgencia por miedo al contagio del virus.

3- ¿Qué medidas se toman? ¿Qué soluciones se plantean?

Frente a un virus para el cual el sistema médico no posee una cura específica, con una alta tasa de contagio y una mortalidad preocupante, parece que todo el mundo se encuentra con el mismo problema. Y a su vez, que habría más allá de algunas excepciones relevantes, una misma forma de enfrentarlo: la cuarentena. El aislamiento social preventivo y obligatorio parece ser la opción más viable y la que a corto plazo habría salvado mayor cantidad de vidas, con los diferentes tipos de inconvenientes que aparecen según la condición social y otros aspectos. Señalaremos aquellos que se presentan en nuestro país, aunque muchos de ellos también se pueden encontrar en otros países latinoamericanos. Tal es el caso cuando rige la imposibilidad de sostener condiciones mínimas de higiene y se vive en condiciones de hacinamiento, donde el virus presenta mayores posibilidades de expansión y de realizar mayor daño (por ejemplo, en barrios populares y villas de Buenos Aires). No siempre la casa es el mejor lugar en el cual estar, aspecto que se evidencia con el recrudecimiento de la violencia y de los femicidios que se vienen reportando, así como en los importantes focos de contagio en villas del AMBA.

Cabe también una mención acerca del modo en que esta enfermedad ha mostrado una ocupación total dentro de las agendas mediáticas. En esta agenda, no parece haber lugar para informar sobre otras enfermedades, sino que el coronavirus satura los medios incluso desde antes de desembarcar en nuestro país, dado que se construye como padecimiento que afecta a todos por igual y que preocupa al “mundo”. Pero, considerando que las enfermedades están tan ligadas a los modos de vida, ¿es la misma epidemia en las clases bajas que en las clases medias? Podemos decir que, en general, no importa quién está más o menos expuesto, las enfermedades siempre vulneran más a las poblaciones carenciadas. Un ejemplo notable de los olvidos que marcamos, lo tuvimos en nuestro territorio con la omisión fuerte del escenario del dengue cuyo máximo de casos confirmados a nivel nacional ocurrió a mediados de abril. El 2019 fue el peor año en la historia de la incidencia de dengue en América según la OPS y, ni los medios de comunicación masiva ni los gobiernos se hacen eco de este problema, ni antes ni durante la pandemia.

Desde diferentes perspectivas, se presenta a la vacuna como la única solución “de fondo”. Donald Trump la promete para fin de año, mientras expertos de su país dicen que “hace falta un milagro” para que esto suceda (ABCNews 15/05/20). El 23 de abril Trump ya había declarado que “estamos muy cerca de una vacuna” y fue tildado de ignorante. Pero es también la OMS la que ha alentado esta esperanza cuando sugirió el plazo mínimo de 18 meses. Cabe recordar, sin embargo, que existen virus para los cuales se busca una vacuna desde hace medio siglo sin resultado. Tal es el caso del virus del dengue y del virus sincicial respiratorio que afecta mayormente a niños de menos de 2 años y adultos mayores. En la década de 1960 se aprobó una vacuna que tuvo que ser retirada porque potenciaba el virus en lugar de combatirlo y desde entonces no se ha encontrado una vacuna efectiva. Algo similar ha ocurrido con la vacuna Denvaxia para dengue que agudiza la enfermedad en individuos vacunados que no se han contagiado previamente. Está última fue creada por una empresa de un país potencia y “probada” en países latinoamericanos como así también Filipinas donde produjo el peor resultado y se enjuició a la multinacional francesa.

Al respecto, el New York Times ha publicado una comparativa entre experiencias de desarrollo de vacunas pasadas y la esperada para la COVID-19:

Grafico NYTimes

Para lograr el milagro “hay que poner en la carrera tantos caballos como sea posible” [1] dice un entrevistado del NYTimes, Dr. Peter Hotez. Nuevamente cabe detenerse en esta metáfora. Al 15/5/2020 había 110 investigaciones preclínicas registradas en la OMS y 8 estudios en fase clínica [2]. El dato destacado es que el primero de ellos en llegar a la Fase 2 ha sido un proyecto de China. Al día siguiente un proyecto norteamericano anunció que también alcanzó la Fase 2. ¿Qué otras cuestiones se expresan en esta “carrera por la salud”? La Dra. Juliana Cassataro en un webinar el 19/5 [3] da otra explicación al número de proyectos simultáneos al señalar que los países lo toman como un tema de soberanía. También señala que la denominada inmunidad de rebaño está muy lejos de ser alcanzada en los países más afectados como España o Italia y que el aislamiento es la única herramienta actualmente. Boris Johnson, premier británico, tan de derecha como Trump pero evidentemente menos condicionado en esta carrera de soberanías, reconoce en un documento de 50 páginas que “en el peor escenario nunca encontraremos una vacuna” [4].

La promesa de la vacuna implica así el desarrollo de un conjunto enorme de investigaciones pero también una guerra aparentemente fría (“comercial”) entre potencias. Esta guerra no parece haber encontrado tregua en la pandemia sino un nuevo terreno para seguir ampliándose. Uno de los valores fundamentales que suelen reconocerse en la actividad científica es la colaboración. Hoy atestiguamos una política global basada en la competencia, cuyo plan parece ser “aplanar la curva” hasta que aparezca la vacuna o una droga específica para combatir el virus. ¿Es éste un verdadero plan? ¿Se está configurando un escenario donde poblaciones vulnerables o de países sometidos serán conejillo de indias de las decenas de vacunas en competencia?

4- ¿Qué rol tienen los expertos y la comunidad científica?

Nos interesa también problematizar quiénes son aquellos que se encuentran socialmente habilitados para hablar sobre la problemática de la pandemia de COVID-19. De manera esquemática, aparece en el escenario un grupo “que sabe”, con capacidad de asesorar la toma decisiones que afectan a la mayoría de la población, y una mayoría (o varias) que, por mera oposición, “no sabe” y, por tanto, debería obedecer los dictados de los grupos que detentan el saber. Esto pone de relieve las asimetrías que subyacen a esa distribución de roles. Por ejemplo, en una situación como la que atravesamos, ¿qué sucede cuando los expertos proponen medidas contrarias al interés popular? ¿Su voz es más valiosa por el hecho de ser “expertos”? ¿Por qué los medios masivos de comunicación dan voz a unos y no a otros? Casos emblemáticos sobran, actuales y en diversos campos. Uno de los principales problemas es que la voz experta tiende a presentarse como única, imparcial y objetiva, imponiéndose así como la única que resulta legítimo considerar y la que ofrece la mejor solución. “Expertos dicen que…”, “Científicos de Oxford proponen…” suelen ser expresiones que manifiestan autoridad científica y sugieren que las mayorías no expertas deberían escuchar pasivamente. Theodore Roszak así lo veía en 1970: “...los que gobiernan se justifican porque se remiten a los técnicos, los cuales, a su vez, se justifican porque se remiten a formas científicas de pensamiento. Y más allá de la autoridad de la ciencia ya no hay santo al que encomendarse" (Roszak, p. 22). Sin dudas, la pandemia de coronavirus ha propiciado fuertemente la división entre los que “saben” y los que no.

Frente a ello, es preciso resaltar ciertos elementos. En primer término, es importante enfatizar que los expertos —como todos— hablan desde una determinada posición política o visión del mundo (aunque no la expliciten). Tal es así que muchas veces, aún enfrentados con los mismos datos o evidencias, existen entre ellos controversias, desacuerdos, intereses cruzados u opiniones divergentes. Al inicio de la pandemia, por ejemplo, cada país tuvo diferentes posiciones sobre qué hacer: no todos adoptaron la cuarentena inmediatamente e, incluso entre quienes la adoptaron, lo hicieron con modalidades y en tiempos diferentes. También ocurrió con el uso del tapabocas, de un día para el otro la OMS advirtió su importancia. Del mismo modo, los expertos han debatido acerca de la cantidad de testeos a realizar —masivos o no—, encontrándose discrepancias entre países y sectores que levantan una y otra posición. A su vez, la cantidad de muertos por el virus ha sido motivo de controversia —en Alemania, en Chile, en Ecuador— ya que, sin dudas, los gobiernos buscan legitimarse a través de sus estadísticas.

Por otra parte, cabe considerar que en muchos casos los expertos son financiados por los Estados a quienes aconsejan o bien, en otras ocasiones, por organizaciones no gubernamentales o empresas que responden en última instancia a intereses estratégicos de los Estados a los que están vinculadas. La orientación de estos expertos se ve condicionada a sugerir medidas que el Estado al que aconsejan tenga la capacidad de implementar y reservar para su fuero interno medidas estructurales, aunque estas últimas sean las auténticamente necesarias. En este sentido, el tipo de posición, alternativa o propuesta no son ajenas de las condiciones sociales, económicas, políticas, éticas y epistémicas, desde las cuales intervienen.

En función de lo anterior surgen diversas preguntas: ¿es posible una participación de la voz experta sin apelar a nociones tales como las de objetividad y de verdad certera? ¿Es posible la participación experta sin la subordinación de otras voces? ¿Qué rol ocupa el discurso no experto? Interrogantes centrales para pensar cómo se construyen hoy las políticas públicas, pero también claves para pensar cómo queremos vivir y cómo se determinan los criterios de bienestar individual y colectivo. Una cuestión no lo suficientemente abordada es la importancia que han tenido aquellos actores que, en virtud de su saber práctico, aunque no experto, han aportado a la resolución de problemas que se han visto agudizados en alguna medida por la pandemia. Las acciones autoorganizadas en barrios y villas han sido indispensables para que muchas personas pudieran quedarse en sus casas, organizando la comida y la sanidad. Al mismo tiempo, son quienes ofrecen respuestas concretas y locales frente a las condiciones agravadas de la crisis sanitaria, combatiendo así la incapacidad del Estado frente a problemas estructurales.

5- ¿Hacia una nueva normalidad?

Los intentos de frenar la pandemia han implicado un avance sobre muchos aspectos de nuestra vida cotidiana, generando un escenario que, si bien es impactante, también había sido anticipado por muchos actores. En este contexto, nos enfrentamos a un reordenamiento de los modos de vida. Por un lado, se agudiza la gestión del bienestar en aquellos sectores de la población que gozan de recursos para “vivir bien” su cuarentena y, así, vemos cómo las redes sociales se han inundado de “tips” y “recomendaciones” para sobrellevar el aislamiento: hacer yoga en el living, no autoexigirse, respetar los horarios, etcétera. Como contrapartida de esas disciplinas positivas, apoyadas sobre pautas de regimentación diversas, aparece una intensificación del control represivo dirigido principalmente hacia las poblaciones precarizadas, con un despliegue de las fuerzas policiales.

La mencionada metáfora militar aplicada a la pandemia, refuerza que el disciplinamiento de la población esté a cargo de fuerzas policiales y militares. Ubicar al coronavirus como un enemigo a ser combatido, refuerza la vigilancia y la criminalización de los cuerpos. La metáfora se vuelve literal cuando la Policía y el Ejército pasan a ser los encargados de los controles sanitarios en las calles, seguidos de la detención y judicialización de los “irresponsables”. Llegamos al día de hoy con un número ineludible de casos de abuso y violencia institucional, que cuentan incluso hechos de tortura y muertes. Una mujer vejada en una comisaría de Puerto Madryn, el episodio de un hombre en tratamiento psiquiátrico cuyo cadáver apareció días después de haber sido llevado por un patrullero, el caso de jóvenes secuestrados por la policía en su casa sin orden judicial, y diversos registros de video publicados en redes sociales de prácticas de abuso policial a lo largo del país, especialmente en las villas y sobre jóvenes. La lista es solo ilustrativa, está lejos de ser exhaustiva. En los hechos señalados, ¿realmente importa si habían violado la cuarentena? ¿cómo es posible que, bajo el argumento de defender la salud de la población, se vea potenciada la violencia sistemática que ejercen las fuerzas de seguridad? Es claramente necesario denunciar en cada instancia sus atropellos, abusos y delitos.

Pero el problema de fondo es que la cuarentena se basa en la coacción del Estado. Es la forma en que nuestro Estado nos la hace cumplir. De otro modo debería apelar a una conciencia social que no está dispuesto a estimular, porque implica que el conjunto de la población tome nota sobre una cantidad de temas y responsabilidades. Más aún cuando la orientación estatal no es a reforzar la cuarentena sino a “flexibilizarla”. Una posible alternativa a la coacción del Estado es una cuarentena a partir de la organización de vecinos y trabajadores. Esto implica desafiar el orden vigente, lo que verdaderamente posibilitaría una nueva normalidad.

La intensificación de la coacción estatal no sólo se expresa en el accionar de fuerzas de seguridad. En otros ámbitos, vinculados con la atención a la salud, se explota aún más a los trabajadores y se naturaliza, en nombre del heroísmo, su exposición a la enfermedad sin elementos de protección necesarios. En educación se fuerza a una digitalización que desconoce de didáctica y empatía entre docentes y estudiantes, y se exige una dedicación y esfuerzo adicional no remunerado.
La internacionalización de los sentidos y prácticas que surjan durante la crisis pueden propiciar formas más cruentas y desiguales de habitar el territorio que las que ya estaban vigentes. Al mismo tiempo, abren la posibilidad de repensar aquella normalidad de la que venimos. Queda en nuestras manos luchar por una “nueva normalidad” que sea realmente pensada, sentida y deseada en términos de cómo queremos vivir.

6- ¿Qué podemos esperar? ¿Qué podemos hacer?

La “flexibilización” parece imponerse con el inicio de actividades no esenciales. Se atestiguan preocupantes habilitaciones como los peajes de Capital, actividad absolutamente improductiva, donde los trabajadores están en contacto con las manos (mediadas por billetes) de cientos de personas por hora, llamativamente sin guantes (AU ILLIA 22/05/20). Esto atenta contra el único método efectivo dispuesto por el propio Estado para abordar la pandemia: el aislamiento social. Está ocurriendo al mismo tiempo que la cantidad de casos confirmados se duplica cada 10 días [5] y hay consenso respecto al inicio de una etapa crítica. Son sobradas razones para discutir los temas planteados en este documento: el sistema de salud, la verdadera existencia de un plan y la importancia de analizar la situación y discutir abordajes estructurales.

Es posible reconocer que la subsistencia de todos los sectores sociales postergados está mediada y sostenida por la autoorganización surgida o preexistente en los territorios. Esto evidencia una incapacidad y una renuncia del Estado a atender temas estructurales. En Argentina las reuniones de emergencia del presidente los días domingos, se alternan entre temas de deuda externa [6] o de coronavirus. Estamos frente a un país virtualmente quebrado (“default virtual”) en palabras del propio presidente. Lo estructural está lejos de las posibilidades de cualquier gobierno que siga aceptando la legitimidad de un mecanismo financiero de extracción de la riqueza nacional como es la deuda externa. Esta apreciación se exacerba en una situación de pandemia sumada a un estado de quiebra del Estado. La solución a nivel mundial frente a la imposibilidad de pagar sus deudas por parte de corporaciones privadas, es la capitalización de estas empresas en manos de acreedores (los acreedores pasan a ser accionistas). Esta solución ya fue propuesta a nivel nacional [7]. Es con la misma solución que se quiere “pagar” la deuda externa de las naciones oprimidas del mundo. Argentina es uno entre cien países “submergentes” imposibilitados de pagar sus deudas. Dicha solución implicaría aún más entrega de recursos y patrimonios nacionales, aún más extractivismos y aún más fuga de riqueza nacional.

Por todo ello, aparecen preguntas que incluso al seno de nuestro grupo no hemos llegado a acuerdos en cuanto a su respuestas aunque sí en la gravitancia de que sean abordadas: los límites y el carácter del Estado, las alianzas entre Estados y empresas que motorizan lógicas causales de todo esto, la necesidad de comunidades que tengan capacidades autónomas. Es un listado de aspectos tensionantes que se precisan abordar para pensar cualquier salida a futuro. Se trata de recuperar un sistema de salud devastado, que provea insumos y condiciones de trabajo adecuadas para los trabajadores de la salud. A la vez, permitirle a las comunidades en nuestro territorio que posean las condiciones individuales y sociales para poder enfrentar en mejores condiciones pandemias de este tipo. Y finalmente, se busca establecer otro vínculo con las condiciones ambientales, a la vez que alterar el tipo industrial de producción alimentaria, ejes que se han señalado como claves en la aceleración de la pandemia. Volver a la pregunta sobre cómo queremos vivir y qué hacer para lograrlo sólo parece tener sentido y posibilidad de llevarse a cabo desde el cuidado, la empatía y organización social.

[1] https://www.nytimes.com/interactive/2020/04/30/opinion/coronavirus-covid-vaccine.html
[2] https://www.who.int/who-documents-detail/draft-landscape-of-covid-19-candidate-vaccines
[3] https://www.youtube.com/watch?v=fJdyx6fuy8E
[4] https://news.sky.com/story/coronavirus-vaccine-may-never-be-found-boris-johnson-says-11986602
[5] https://ourworldindata.org/grapher/covid-confirmed-cases-since-100th-case?country=ARG
[6] https://www.lavoz.com.ar/politica/reunion-en-olivos-para-evaluar-como-sigue-negociacion-de-deuda
[7] https://www.tiempoar.com.ar/nota/la-capitalizacion-de-empresas-por-parte-del-estado-es-un-mecanismo-habitual









1 comentario:

  1. Me resulta muy grata la lectura de "Seis preguntas a propósito del COVID-19". Tomé algunas notas mientras leía y comento ahora. La dicotomía entre salud y economía habría que entenderla de un modo aplicable a nuestra realidad. El hecho de que la obesidad tiene un carácter mundial y el sistema económico está en crisis, es algo que ha sido manifestado por muchos observadores a nivel internacional. Me parece que esta pandemia (la de COVID-19) se está manejando de tal modo que pone mucho ruido respecto de lo que debemos considerar cómo prioritario. ¿Es la salud algo que debe ser considerado del mismo modo que la economía o la economía es la que condiciona a la salud?. Me parece que tanto desde el punto de vista de la historia de la humanidad como desde el punto de vista filosófico, podemos entender que es la economía la que ha motorizado el bienestar y se han retro-alimentado. Las sociedades humanas han buscado con mayor o menor éxito, el acceso al bienestar. En este momento el sistema económico está mostrando una tremenda crisis porque se ha globalizado. Las medidas de cierre de fronteras provocadas en apariencia para detener el contagio, me hacen pensar en medidas para detener la crisis. Creo que la aparición de este virus con semejante capacidad de infectar es un "síntoma" de un problema grave. Tal vez no sea el modelo médico lo que deba preocuparnos sino más bien el cientificismo reduccionista que gracias al gran progreso de la tecnología nos viene fascinando desde hace décadas.
    Con relación al virus "Chino" que ha criticado el presidente norteamericano, habría que considerar que bien podría ser un virus que se puede haber generado en territorio norteamericano y exportado hacia oriente ya que (yo lo he visto mediante YouTube) han viajado toneladas de descartables, basura que enviaron hacia China para reciclar por 1000 dólares la tonelada. Pueden perfectamente haber enviado virus y otras pestes en dichos viajes desde norteamérica hacia el Este. Esas transacciones comerciales podrían haber dado origen al virus Chino (hay que buscar evidencias para demostrarlo científicamente). Con relación a una nueva normalidad, me da la impresión de que hay diversos emprendimientos aquí y en otras partes del mundo como para alcanzar formas de vida menos cruentas. La Argentina y casi toda Latinoamérica tiene límites políticos que no reflejan las realidades ni culturales ni de geografía económica. Parece que se han heredado sistemas que realmente no reflejan para nada las necesidades ni posibilidades locales. Las críticas hacia la pérdida del "sistema de derecho" deben invertirse, es el "Derecho" y la organización jurídica los que no han acompañado las necesidades de la gente y los pueblos.
    Se está diciendo que el personal dedicado a atender la salud (médicos y paramédicos) son los más expuestos y quienes más se han contagiado por este virus de la COVID-19. La cuestión es porqué, si se sabía, si había información suficiente para prevenir que se disemine por ejemplo en Buenos Aires, no se ha podido detener completamente. ¿Entró por Ezeiza?. ¿Entró desde Brasil por la frontera norte?...saberlo no debe ser para culpabilizar sino para enmendar. Ahora estamos frente a esta situación y la OMS ha alertado. Podría ocurrir que la OMS ya no logre alertarnos y en ese caso bien nos vendría ser autosuficientes en cuestiones epidemiológicas ya que conocemos nosotros a nuestras poblaciones y sus características mejor que WHO. Tengamos en cuenta que la búsqueda de autosuficiencia bien puede ser un motor que vehiculice un mayor bienestar local.

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